13 agosto 2010 Crónicas, Festivales, Flamenco

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Tras el éxtasis alcanzado gracias a la actuación de Miguel Poveda, llegó el descanso propio de un festival que se prolonga hasta bien entrada la madrugada pese a que, como dijera el de Badalona, ‘eso ya no se lleva’. Tras aprovechar para tomar aire, puchero u otras sustancias, y ver desfilar a un buen número de políticos igual de ridículos ya llevaran trajes de alpaca antediluvianos o fueran en chanclas, llegó el momento del baile, a cargo de Sergio Aranda.

La joven figura emergente en el baile flamenco y galardonada en su momento por la Bienal de Málaga, fue devolviendo el pulso a base de taconeos de calidad siempre insertados en los cantes festeros y bien acompañado por su grupo. A continuación llegó el turno de Marina Heredia, que presumiblemente dará mucho que hablar en los próximos años pero que, sin embargo, no tuvo su noche.

Así, desde el comienzo, con la guitarra de Luis Mariano, la cantaora granaína dejó detalles interesantes en las alegrías con que inició su actuación, pero el sonido era francamente malo, hasta molesto. Consciente de ello, pidió soluciones discretamente desde el escenario, lo mismo que buena parte del público, que sin embargo se encontró, un año más, con la pasividad del técnico.

De este modo, vino al recuerdo el absurdo final del festival el año pasado, cuando al responsable del sonido de turno se le ocurrió subir la ganancia mientras José Galán remataba sin micrófono los fandangos con que culminaba su actuación, lo que hizo que abandonara, enfadado con razón y sin despedirse, el escenario. Ante esta tesitura, de cara a próximas ediciones cabría pensar en gastar algo más de dinero en técnicos de nivel, o al menos con interés en el trabajo, antes que en figuras que luego no lucen por estos motivos.

Por ello, no debe extrañar que Marina Heredia, que presentaba su disco Marina, pasara sin pena ni gloria por Ojén y que no hiciera demasiado por esforzarse en la soleá, la malagueña rematada por fandangos del Albayzín y las blandísimas bulerías presentes en el trabajo que ofreció al respetable. Para terminar llegó la actuación de Guillermo Cano, uno de los ‘niños bonitos’ del festival gracias, principalmente, a la magnífica actuación cosechada en 2009, cuando puso en pie a prácticamente todo el patio del C. P. Los Llanos.

Contento de volver a un escenario importante en su carrera, y con la guitarra de José Sarriá, el cantaor señaló que en lugares así es donde merece la pena ‘partirse la garganta’, cosa que hizo dejando un buen sabor de boca a los presentes cantando por espacio de una hora aproximadamente con esa voz tan característica que bebe de Marchena y de Valderrama, casi más propia de otro tiempo que de la época del ‘reverb’.

Cano, para regocijo del personal, cantó por alegrías como la mayoría de los participantes para luego sumergirse en las tarantas, los tangos y una seguiriya en la que lo dio todo antes de terminar haciendo unas bulerías y despidiéndose por fandangos, siempre bien acogidos en Ojén, alrededor de las seis de la mañana. Y de aquí al año que viene, que esperamos sea más y mejor.

Enlace | Crónica del Festival Castillo del Cante de Ojén

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