31 marzo 2010 Crónicas, Pop

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Entre el festival y la semana santa sevillana no he tenido tiempo de coger el ordenata durante varios días. Pero nunca es tarde si la dicha es buena. El South Pop tuvo momentos brillantes y momentos tenebrosos. Si tuviera que dar un titular diría algo como: ‘Los Punsetes salvaron el festival’. Y es que de no ser por ellos quizás me habría arrepentido de pagar los 40 euros del ala que me costó la entrada de dos días –a ver si la próxima vez puedo cubrir el evento con un pase de periodista… El Señor Chinarro, lamentablemente, durmió al público con su pop esquizofrénico.


No me juzguen mal, soy fan del bueno de Antonio Luque. De hecho, me agradan los trabajo anteriores a El fuego amigo (2005) –en mi opinión, su mejor disco–, el material de los cuales exclusivamente interpretado por exigencias del guión (pues los reedita Mushroom Pillow, y claro, tienen que promocionarse de alguna manera). Es solo que le faltó chispa a su actuación. Pero vayamos por partes. Describamos el recinto: Teatro Alameda, al final del largo paseo con el mismo nombre, eje de los bares alternativos de la ciudad, donde los ‘poperos’ (como llaman aquí a los que siguen la moda indie) conviven con punkis y ‘canis’ (como llaman aquí a los quinquis de barrio), mezclados con perros callejeros que corretean detrás de botellas de plástico. Camino al teatro me sorprendió ver a dos preciosos y grandes pastores alemanes.

Me pusieron la pulsera dorada y accedí al alto vestíbulo abovedado. Se había hecho ya de noche, y por tanto me había perdido las actuaciones de los franceses François & The Atlas Mountains y los murcianos Klaus & Kinski, por lo que no puedo juzgarlas. Empezaron los primeros sobre las ocho de la tarde, y ahora quedaban arrinconados detrás de una mesa donde esperaban en balde firmar algún disco. Vestían muy elegantes, americana y camiseta amarilla, y en su cabeza descansaban cabellos largos, lisos y rubios, indiscutiblemente extranjeros. Pregunté a un tipo que pasaba por allí donde había conseguido la bolsa de tela con el logo del festival, pero no quedaban más.

Tomé una cerveza. No podía acceder al recinto del concierto con ella. Esperé mientras escuchaba la música que pinchaba el DJ en el salón, que quedaba entre la sala dedicada a los vinilos ó CDs y el bar. Un ‘hit’ detrás de otro. Para cuando entré la banda estaba a punto de comenzar. La formación del Señor Chinarro era diferente a la que había contemplado un par de años atrás; bajo, batería, Antonio Luque a la guitarra, y curiosamente, un violonchelo. La idea no me pareció desacertada: La guitarra rítmica quedaría adornada por las melodías del gigante instrumento de cuerda. De hecho, en sus LPs es bastante presente. No obstante, la mezcla resulto a mi parecer floja, y el hecho de que solo se interpretasen canciones de los primeros años acrecentó la poca pegada. El sevillano Luque habló entre canción y canción atropelladamente, y a mi, mallorquín exiliado, me costó entender algo. Con su espesa barba y su aspecto más delgado, tenía toda la pinta de un vendedor de enciclopedias inglés.

Me hizo gracia la anécdota que a un amigo suyo de fuera los nazarenos le lanzaron cera, al pasar por delante de ellos: ‘Ya era hora de que pasaran al ataque… Lo celebro‘. Dejó a su vez un mensaje a los organizadores del South Pop: ‘Haber si en la próxima edición puedo interpretar las canciones de los últimos discos‘. Supongo que a todos nos gusta pasar página. Aunque vale mucho la pena hacerse con los primeros trabajos, todo quede dicho, geniales a la vez que delirantes.

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