30 mayo 2017 Críticas, Rock

fruteriatoñi

Frutería Toñi son la única esperanza que le queda al rock progresivo en este país. Su nuevo disco es un ejemplo de cómo dominan el género. Les entrevistamos hace algún tiempo y ahora ha llegado, por fin, el momento de analizar su trabajo.

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“Tengo mis días buenos” es un tema con una introducción como la que deben tener los grandes clásicos del rock progresivo. La conjunción instrumental es tan acertada como rica en matices. El desarrollo lo va marcando la voz del inmenso Salva Marina y poco a poco el oyente se siente absorbido por una espiral sonora de excelente factura. A destacar una pasaje instrumental central, con pinceladas de bandas como Jethro Tull, en el que todos los instrumentos tienen su protagonismo en este crisol sonoro. Temazo de apertura.

“La tostá” tira, desde el título, de la filosofía malagueña más pura. Letra para analizar con detenimiento, ritmos algo más jazzísticos y una grata sensación completan las múltiples virtudes de una canción que entra a la primera. Bridge acústico con base de teclados que recuerda a bandas míticas del rock andaluz y también a alguna que otra británica, el final de esta parte es apoteósico.

“Hablar con las estatuas” el jazz tiene más protagonismo desde el comienzo. La letra es una maravilla del eterno Juan Miguel González. Nos lleva a la infancia, a lo que fuimos y mientras tanto la banda va acelerando un poco el ritmo para meternos de lleno en un tema de rock perfectamente ejecutado.

“La órbita de Venus” es un lisérgico viaje al epicentro del rock progresivo al estilo de bandas como Gong. De nuevo la letra sorprende así como un mayor protagonismo del clarinete que convierte al corte en una oda a la originalidad gracias a sus perfectos arreglos y engarces entre las distintas partes del mismo.

“Más de Black” riff más rockero pero siempre con las coordenadas que venimos glosando. Fiera crítica a los mangones de este país envuelta en un paisaje sonoro lleno de detalles. Sorprende por su pegada y por el registro vocal de Salva que canta como nunca.

“El monstruo de la pantalla final” el frenético comienzo, con guiños incluso al pop electrónico de los ochenta, va dando paso a un tema que contiene todos los ingredientes que hacen a la banda únicos en su género.

“Maullidos de gigante” el jazz le da la mano a la coda sonora de esta obra maestra.

“FTV-1 elevado a Ñ” es una pieza instrumental de alto nivel artístico que concluye con una parte vocal a lo David Bowie. Es puro rock con pinceladas de bandas como Yes o King Crimson pero siempre sin perder, a lo largo de los quince minutos del corte ni su personalidad, ni su rabia. Enorme broche de oro a tan magna obra.

Disco de obligada escucha diaria, buscando en Spotify lo podrás encontrar, para volver a convencerse no sólo de que estamos ante una gran banda, también de que en este país se sigue haciendo música que está a la altura de cualquier banda internacional.

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